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P A N O R A M A

LOW EN MADRID

El trío de Minnesota ofreció una actuación soberbia

El invierno llegó a Madrid con Low en el inicio de la extensa gira europea de presentación de su nuevo álbum, Double Negative (Sub Pop). Los que les hemos visto ya unas cuantas veces no conocemos sus debilidades. Con su audaz ropaje ruidista de deconstrucción electrónica, el duodécimo disco de una carrera que suma ya veinticinco años, apuesta por su lado más experimental, como admitían ellos mismos poco antes del concierto.

Fotos: SON Estrella Galicia

Pero en directo, las canciones suenan como siempre ha sonado Low. No tendría sentido que fuera de otro modo.

La ambición artística del grupo, que en los noventa consolidó su lenguaje austero a contracorriente de los usos y modas del pop de consumo, se ha redoblado en sus últimos dos trabajos, tras una etapa más ligera -si un adjetivo así puede atribuirse a los de Duluth. La ansiedad ante la “deprimente y traumática” situación política de su país, una nación rota, dividida y desorientada, impregna un disco que oscila entre la oscuridad y ciertos resquicios para la esperanza. En un mundo cada vez más desquiciado, ellos siguen viviendo en la pausa radical y el menos es más, para revelar lo esencial y espiritual: lo que nos hace humanos.

No es ningún secreto a estas alturas que Low son una de las fuerzas más poderosas que uno puede ver sobre un escenario. No saben dar un concierto mediocre. En su paso por Madrid, Alan Sparhawk (voz, guitarra), Mimi Parker (voz, batería) y Steve Garrington, bajista desde 2008, impartieron una clase magistral de intensidad, compenetración, personalidad y contrastes -del recogimiento minimalista a unos minutos de sobrecogedor puro ruido-, ante un público madrileño que la acogió con la silenciosa calidez que requería la ocasión.

Encadenando sus canciones con ruido blanco y notas perdidas de guitarra, echaron mano de nueve de su nuevo trabajo, pero despojadas de las nieblas de producción del estudio en temas como los singles Quorum y Dancing and Blood. Su anterior disco, Ones and Sixes, en el que anticipaban esta radicalidad formal, también estuvo muy presente con cinco cortes, entre ellos la deliciosa What Part of Me o la majestuosa The Innocents. Su lado más melódico y accesible asomó en canciones como Holy Ghost o Plastic Cup. Pero siempre contrarrestado por la siniestra densidad de cortes como Pissing, de su álbum mítico de 2005 The Great Destroyer o Do You Know How to Waltz, de su primerísima etapa.

Más allá de la calidad de unas composiciones destiladas a lo esencial o la intensidad catártica del estilo guitarrístico de Sparhawk (con Neil Young siempre en el horizonte, al final del show mordiendo las cuerdas a lo Hendrix), el corazón de Low está en la prodigiosa conjunción vocal del matrimonio fundador. No ha habido en el último cuarto de siglo (ni, me atrevería a decir, en la Historia del rock) una pareja con semejante poder en ese apartado tan peligrosamente proclive a los vacuos fuegos artificiales. Desde su exigencia como intérpretes, Low volvieron a cautivar a una audiencia que, en total comunión, se vio transportada a una iglesia perdida en la planicie nevada del Medio Oeste. Hasta la próxima vez.

Low siguen siendo una gloriosa herejía en el muchas veces uniformizado y pedestre panorama pop. No se adivina su fecha de caducidad. Estarán vigentes mientras ellos quieran.

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© JC Peña • PosterCity